14 Julio 2017

CARTA AL DIRECTOR

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FRANCISCO DEVIA ALDUNATE

Estimados lectores/as de Viento Patagón

Les quiero contar que luego de dos años de esfuerzo, dedicación y los problemas de rigor, logré terminar la novela de humor “Las Aventuras de Cristaldo en la Cancillería Imperial”, obra – si la podemos catalogar de tal – que es publicada por RIL Editores y se encuentra para la venta en las siguientes librerías: Antártica, Feria Chilena del Libro y Que Leo, en Valparaíso.

Desde Aysén y otras regiones de Chile o incluso el extranjero, se puede también adquirir una versión impresa a través de Buscalibre. Para los más sofisticados, la versión digital se encuentra disponible en Amabook, Digitalia y e-Libro.

¿Quién es Cristaldo?

Es un joven colono, mestizo y bastardo, cuyo sueño es ingresar a la Cancillería Imperial (ficticia) y de este modo servir fielmente a su Rey, en el año de 1774 de Nuestro Señor. Sin embargo, sus deseos deberán enfrentar una velada oposición del establishment diplomático, siempre celoso de su tradición y herencia, quien no ve con simpatía la llegada de este advenedizo o “igualado”.

Por otra parte, esta obra es patrocinada por la Asociación de Diplomáticos de Carrera (ADICA) y su venta va en beneficio de las Fundaciones “Las Rosas” y “DEBRA” (esta última atiende niños con una suerte de piel de cristal) por lo cual su compra adquiere una connotación solidaria, y en consecuencia, no tendrá que lamentar el desembolso realizado.

Finalmente, les dejo un pequeño fragmento para que se animen a leer estas Aventuras:

“… Cuando llegó Cristaldo a la capital del imperio, se encontró con un escenario nuevo y desconocido. La empobrecida colonia del sur, su lugar de origen y residencia, era un lugar ignoto y lejano para la nobleza de un imperio en franca decadencia, pero que conservaba el amor al abolengo y al lujo como parte de su existencia cotidiana.

Por ello, el que un mestizo de una de sus colonias —la más empobrecida para ser exactos— pretendiese ingresar a la Academia Diplomática del imperio era un acto inédito, temerario, más propio de una mente ignorante y enfermiza que de una persona en su sano juicio.

Para mayor dificultad, Cristaldo era hijo ilegítimo de don Pablo Emilio Bareyre, un reconocido comerciante de su ciudad. A pesar de que la ilegitimidad era una situación desafortunada, en una sociedad tan conservadora, Cristaldo era apreciado por su padre, pues conseguía algo que parecía imposible: hacerlo sonreír, desafío meritorio dado el carácter irascible de este último.

El comerciante Bareyre —hoy sería considerado un empresario pionero por sus proyectos futuristas— presidía una respetada familia, constituida por su mujer y tres hijos. Lamentablemente, sus integrantes detestaban al bastardo, que así lo sindicaban, por haber sido el resultado de un accidente extramarital que mancillaba el buen nombre familiar. Con todo, se guardaban esos sentimientos, por temor y respeto a don Pablo Emilio.

No obstante lo anterior, Cristaldo estudió y trabajó al alero de su padre, lo cual le permitió ganarse su sustento, pudiendo ahorrar lo suficiente para comprarse un pasaje en barco, solo de ida, a la capital del reino. Su finalidad: postular a la Academia Diplomática del imperio.

Y así fue como a la edad de 22 años, delgado, con su pelo negro azabache, rizado y poco aseado, vistiendo un estrambótico traje de gala, sin más que un par de maletas y su habitual dosis de optimismo, zarpó el inefable Cristaldo, rumbo a su odisea personal.

La madre, quien vino desde el autoexilio a despedirlo —luego del nacimiento de Cristaldo, se había recluido en un convento— se deshizo en muestras de cariño. Tanto era su entusiasmo, que lo empujó con tal fuerza que lo desestabilizó, provocando que una de sus dos maletas se abriese, saliendo disparadas al exterior dos de sus prendas más exclusivas e íntimas, cuyo formato y tonalidades causaron el murmullo de reprobación de algunos pasajeros —por la audacia de los colores—. Un avergonzado Cristaldo apiló en forma precipitada su ropa o «pilchas», intentando vanamente ocultar su lencería masculina, la cual seguía siendo objeto de mofa por parte de los pasajeros.

Contrariamente a la efusividad de la madre, don Pablo Emilio se limitó a extenderle fríamente su mano, deseándole buen viaje, con una advertencia propia de su temperamento:
—¡Si fracasas, hazme el favor de no regresar!
—¡Gracias por tan auspiciosas palabras, querido padre! —fue la respuesta del vástago—. Las tendré presentes el día de mi examen de postulación. Serán, sin duda, un aliciente, una hoja de ruta. —Agregó, además—: Dele mis respetos a su familia, que imagino no pudieron venir por compromisos previos e ineludibles.
—No seas burlesco y sube de una vez al barco, que está a punto de zarpar.
Extensa y fatigosa fue la travesía que soportó nuestro protagonista, ya que el capitán del barco cambió el itinerario previsto para hacer más rentable el viaje. Atracó en cuanto puerto fue conveniente para acrecentar la carga del navío y, con ello, el flete.

Esto dio tiempo a Cristaldo para aquilatar los efectos de una decisión —la de partir sin retorno— que había sido ponderada por la razón, pero en la que también habían interactuado sentimientos. No es fácil de la noche a la mañana dar por concluido un estilo de vida para comenzar una ocupación o profesión de la cual no se sabe o comprende mucho.

Para Cristaldo, la diplomacia se parecía mucho a las novelas de aventuras a las cuales era afecto. Recorrer el mundo representando a la Corona y defender a sus súbditos en lugares desconocidos e inexplorados era lisa y llanamente una quimera.

Pero, ¿cómo ingresaría un oscuro mestizo criollo, cuya personalidad, además, no encajaba con los moldes de la etiqueta y cortesía, a una Academia Diplomática celosa de su tradición y selección? El Establishment diplomático no vería con buenos ojos tal iniciativa.

¿Quién había inoculado semejante propósito en la candorosa cabeza de nuestro joven protagonista? Según sus palabras, habría sido fruto de conversaciones con su abuela materna, mujer distinguida, que en forma esporádica se refería a sí misma como «hija de cónsul», hecho que le causaba extrañeza, pues no entendía el significado de aquello. Incluso en un primer momento, confundió esa figura con la de Julio César, cónsul y emperador romano, por lo que pensó que quizás su abuela era hija del mismísimo Julio César y, en consecuencia, de una vejez inconmensurable, casi inmortal. Sus dudas fueron disipadas con una fuerte reprimenda por parte de la involucrada.

A su vez, un amigo le recordó que durante su etapa escolar, Cristaldo insistía en que su futuro se desarrollaría en el extranjero, porque necesitaba aprender de otras personas y culturas. Por su parte, dicho amigo replicaba que él sería pintor y también se iría de la colonia del sur, pues así estaba escrito en las estrellas.

Pero ¿habría otra causa en el alma de este iluso? Lo sabremos a su debido tiempo.

La pregunta

Nerviosos se encontraban los postulantes que habían conseguido las mejores calificaciones en el concurso de oposición y antecedentes realizado para ingresar a la Academia Diplomática, en el año de mil setecientos setenta y cuatro de Nuestro Señor.

Las preguntas fueron variadas y diversas, comprendiendo desde historia, geografía, política exterior, economía del imperio, idiomas, entre otros temas de interés de la Corona y de los profesores.

Luego de un mes de exámenes, llegaba la recta final: la entrevista con el director de la Real Academia y autoridades de Cancillería. Estaba programado que ingresarían los seleccionados, como en el matadero, de acuerdo al orden de sus respectivas notas. Diez serían los afortunados…”