30 Junio 2020

Condena de la Memoria o “Damnatio Memoriae”. La Destrucción de la imagen pública.

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FRANCISCO DEVIA ALDUNATE
DIPLOMATICO

El recurso de reescribir la historia para borrar la imagen de figuras públicas ya se usaba en Roma con ese nombre. Se eliminaban monumentos y otros recuerdos incómodos de personajes vencidos o ya no apreciados, para que las nuevas generaciones ni llegaran a saber de sus pasadas existencias.

La llegada al poder del cristianismo significó así un sostenido esfuerzo por eliminar todo recuerdo del pasado pagano. La Biblioteca de Alejandría, quizás la mayor colección de libros de la época y también un gran monumento arquitectónico, fue destruida mediante el fuego para no dejar huellas de ese pretérito no querido.

Con métodos más eficaces, la Unión Soviética y, a diferencia de Roma,  sin declarar formalmente la condena, recurrió con relativo éxito al mismo sistema. Cuando ya se había destruido o transformado símbolos del pasado Imperial y de la Iglesia Ortodoxa, se continuó reescribiendo la historia para extirpar de ella a los jerarcas del Partido Comunista que habían cometido el pecado de no subordinarse prontamente a la voluntad del líder absoluto.

Los lectores podrán haber visto fotografías de la época, en que la primera versión muestra al “Padre de los Pueblos” el Camarada Stalin, acompañado de destacados cómplices en la tarea de imponer a sangre y fuego el comunismo, así como versiones posteriores de las mismas en que éstos (Bujarin, Kamenev, Zinoviev, Trotsky…) habían sido borrados en la medida en que eran enviados al patíbulo. Con  su fuga al exterior, Trotsky se salvó por algunos años de ese destino, hasta ser asesinado en México. Sobre dicho asesinato sugiero leer la novela de Leonardo Padura “El Hombre que Amaba a los Perros“.

En su libro 1984, George Orwell describe bien los extremos a que puede llegar la condena del pasado y la reescritura de la historia.

La condena y revisión de la memoria histórica ha vuelto a aparecer ahora, como bandera de minorías étnicas o sociales que pretenden borrar símbolos del pasado para imponer políticas radicales en su beneficio mediante violentas protestas y el uso de redes sociales y medios de comunicación débiles o complacientes. Parte de esa tarea ha tenido cierto éxito en los Estados Unidos y, desde allí, se expande a otras latitudes.

Así, en Estados Unidos se ha logrado eliminar monumentos y símbolos que recuerdan a los combatientes en la Guerra Civil, aparentando ignorar que el cruento conflicto interno concluyó la abolición de la esclavitud y también  con un trato honroso a los vencidos, deseado por Lincoln para facilitar una pronta cura de las heridas y la plena reinserción de los Estados del Sur en la República.

Por ejemplo, años atrás, realicé un tour en el campo de batalla de Manassas, Virginia, lugar donde destacaba el monumento del General Confederado Thomas “Stonewall” Jackson. Recuerdo que ya en ese tiempo había una dura polémica doméstica en los Estados Unidos, porque sectores progresistas pedían el retiro de todos los símbolos confederados en las instituciones públicas, en especial, su bandera. Algunos más osados pedían el retiro de sus estatuas, siendo algunas incluso asoladas.  Ingenuamente, le pregunté al guía turístico del referido parque si temía que la estatua del apreciado General pudiera ser agredida por vándalos. Me respondió sin dudarlo: “it would be insane”. Desgraciadamente, un mes después de mi visita, el valiente General sería decapitado, por resentimiento y mera maldad.

Así las cosas, el héroe de la Independencia y primer Presidente de Estados Unidos, George Washington, debería ser también condenado retrospectivamente, pues como hacendado de Virginia tuvo esclavos. Uno de los autores de la Constitución y también Presidente, Jefferson, debería sufrir la misma suerte, con el atenuante que éste tuvo una larga relación sentimental con su esclava mulata, doña Sara “Sally” Hemings.

De acatar los designios de esas minorías extremistas, en Chile deberíamos eliminar de la historia a O´Higgins, destruyendo sus estatuas y pasando a definirlo ya no como Padre de la Patria sino como cruel y malvado propietario de esclavos. El monumento al Indio Patagón de la plaza principal de Punta Arenas deberá pasar a llamarse Monumento al Nativo de Pueblo Originario y, para recoger los reclamos feministas, construirse a su lado otra escultura con una Nativa de los Pueblos Originarios.

Juan Valiente, negro africano o quizás deberíamos describirlo como “un hombre de subido color moreno”, quien por su propia voluntad vino a Chile en los primeros tiempos de la Conquista española y fue hecho Encomendero – dejando descendientes entre familias de la recién fundada Concepción-, debería reemplazar en estatua a la de Valdivia en la Plaza de Armas de Santiago, a menos se recuerde que, como Encomendero, explotara a nativos de Pueblos Originarios.

Para el componente feminista de la protesta, la confesión de Neruda en sus Memorias de que siendo Cónsul en Ceilán, ahora Sri Lanka, habría violado a una joven nativa, debería ser igualmente motivo de condena y borrarse de la historia todo homenaje a su mérito poético. Salvo, claro está, que su posterior Oda a Stalin haya borrado el pecado original.

Para terminar, los exhorto a que no permitamos que lo políticamente correcto defina nuestra vida, nuestra existencia. No porque HBO Max haya suspendido la difusión del clásico “Lo que el Viento se Llevó” -derivado del retrato que hace de la esclavitud en los Estados del Sur, no sería el adecuado, no por ello dejará esta película de ser en mi opinión, la mejor de todos los tiempos.