13 Octubre 2014

COYHAIQUE ESTA MUY CERCA DE LA CIUDAD DE LOS CESARES

Andres
Andrés Gillmore

Cuando por primera vez entre en Coyhaique en el año 1983, lo que más me impresiono de la ciudad en ese entonces fue el gran Huemul que estaba dibujado en los edificios de Calle Prat, que uno no podía dejar de ver al transitar por Prat y leer la frase: Coyhaique capital de la Patagonia y que según la leyenda estábamos muy cerca de la Ciudad de los Cesares y en esos años eso significaba mucho para mi.

Sin duda que en ese entonces Coyhaique era una ciudad pacifica, en que uno podía dejar cualquier cosa en la calle con la seguridad que a la vuelta lo encontraría donde mismo, era de ritmo lento pero seguro, una ciudad por decir a lo menos sorprendente para los parámetros chilenos de ese entonces; la gente se reconocía en las calles y se saludaba como algo propio de una cotidianeidad diaria y veíamos muchos pobladores transitando de a caballo con sus pilcheros y sus perros a la siga, yuntas de bueyes y carros tirados por caballos, que no dejaban dudas que lo que se respiraba en el ambiente era algo totalmente diferente a la realidad que se vivía en el resto de Chile, en una época donde lo sombrío reinaba en el resto del país y en esta ciudad pueblo llamada Coyhaique aun brillaba con luces propias.

Coyhaique por muchos años represento para mi ciclo de vida, el fin de uno y el inicio de otro, marcaba la diferencia y me hacia ver que un año había pasado y que tenia que prepararme para el otro. En esos años para los que vivíamos en el mundo rural de la cuenca del Baker, Coyhaique representaba la odisea anual de tener que vender la cosecha de lana de la temporada y a su vez traer de vuelta los víveres para pasar el año y muy especialmente el invierno.

No era un viaje fácil de organizar para los que vivíamos en el valle del león a 14 horas de navegación en barcaza recorriendo las tempestuosas aguas del gran lago General Carrera y luego hacer varias horas por la carretera desde Puerto Ibáñez para llegar finalmente a Coyhaique. Lo primero que teníamos que hacer si queríamos ser bien organizados, era conseguir una fecha para que la barcaza “Pilchero” que recorría el lago General Carrera recalara en nuestras costas del León para que pudiésemos embarcar nuestros bolsones de lana, que en ese entonces llenaban la barcaza y se consideraba un viaje especial.

Era una gestión complicada y nunca fácil de armonizar dada las fechas, ya que antes que nada necesitábamos tener a todos los pobladores con su lana en el galpón y llegar con ella siempre fue un proceso engorroso por decir a lo menos, dado los diferentes tiempos de cada poblador, tarea ingrata y de gran esfuerzo dada las grandes distancias. Yo demoraba con mi lana desde mi casa a la costa del León 7 horas de ida y 5 de vuelta con el carro de bueyes y eran 3 viajes y era el que menos lana vendía del valle.
En esos años nadie cosechaba menos de 10 bolsones de lana (cada bolsón de unos 220 kg) y un carro de bueyes no puede llevar más de 4 bolsones o un peso que vaya más haya de los 800 kilos, lo que hacia que la operación por poblador era de un mínimo de 3 a 4 viajes a la costa, proceso que tomaba varios días por cada uno y dependía mucho de las condiciones climáticas y como siempre surgían imprevistos de última hora que cambiaban los planes de los pobladores, desde los mismos carros que se estropeaban a los bueyes que había que darles descanso y se hacían escasos ante la demanda. Muchas veces el clima hacia imposible la misma recalada de la barcaza en nuestras costas por los extensos temporales de viento tan comunes en verano y no poder cruzar desde Puerto Guadal y teníamos que aplazarlo por una semana o a veces por más, que ponía a prueba la paciencia de todos.

Además estaba el precio de la lana, no era cosa de llevar la lana a Coyhaique y venderla a cualquier precio, que podían marcar una diferencia sustancial en la suma final, que debía saber evaluarse para sacar la mejor ganancia y el tino de saber el cuando vender era importante. El precio en plena temporada cambiaba a diario por las necesidades del mercado tanto interno como externo, que nos mantenía muy pendientes de la radio Santa María, que era el único medio que teníamos en ese entonces para informarnos de los precios y de las ofertas de los compradores de lana.

A su vez teníamos que contratar los camiones que tenían que estar esperándonos en Puerto Ibáñez a la recalada de la barcaza para hacer el trasbordo inmediatamente y partir lo más pronto hacia Coyhaique, tampoco era tarea fácil contar con todos los camiones un mismo día a una misma hora, pero al final siempre lo conseguíamos y no era barato, sobre todo cuando lo camioneros sabían de nuestra necesidad. Normalmente llegábamos de amanecida a Coyhaique, el proceso de descargar de la barcaza y cargar los camiones demoraba un buen tiempo y requería mucha paciencia ya que debía hacerse con cautela para no dañar los bolsones.

Cargados los camiones partíamos directo a vender en Coyhaique, para no tener que pagar bodegaje que nunca fue barato y menos a sabiendas de nuestras necesidades. Lo ideal que del camión los bolsones de lana se traspasaran a las bodegas del comprador. Nunca el precio ofrecido por Radio Santa María se respeto, siempre cuando llegábamos el precio era más bajo y estaba claro que los compradores estaban coludidos, ellos sabían que el costo de tener que pagar bodegaje era mucho más alto que no vender y esperar por un mejor precio y teníamos el miedo que el precio bajara y como siempre no nos quedaba otra que vender.

Pero a pesar de todo el dinero que conseguíamos por kilo de lana era bueno y los víveres no eran tan caros como hoy; existía la ECA (Empresa de Comercio Agrícola) que de una u otra manera regulaba los precios en cierta medida en toda la región y mantenía a raya los comercios privados. Con la diligencia realizada y en los bolsillos con la ganancia del año, muchos pobladores nos instalábamos en la residencial la Pastora de calle Prat y utilizábamos como centro de operaciones los servicios del Bar Restaurant la Moneda de Oro. Algunos pobladores tenían que exculpar sus culpas del año y los malos hábitos como decíamos a modo de broma entre mate y mate y viajaban con las correspondientes señoras y Coyhaique bajo esa perspectiva se transformaba quiérase o no por una semana entre barcaza y barcaza, en centro de vacaciones de los pobladores del Valle del León a finales del verano y lo disfrutábamos mucho, en años en que ser ganadero a pesar de lo dura que podía verse la vida desde afuera, era tener acceso a un buen poder adquisitivo y una buena calidad de vida.

Recorríamos en ese entonces la ciudad sin ningún peligro, comprábamos todo tipo de pertrechos y los respectivos víveres para pasar el año y muy especialmente el invierno. No me olvido lo que era en ese entonces pasar por Sastrería Yáñez, Talabartería La Chilenita, Tiendas La Castellana y el Gran Calafate donde hacíamos las compras. Algunas tardes y como no, la pasábamos en la Moneda de Oro compartiendo con otros pobladores que andaban en lo mismo desde otros puntos de la región y compartíamos, también se nos juntaba gente de Valle Simpson, Cerro Galera, que se acercaban a saludarnos. Escuchábamos y contábamos historias de campo y más que alguna mentira como debe ser contábamos, jugábamos al truco y se hacían un sin numero de transacciones de venta de ganado. De esos años dorados es imposible olvidar al gran Juan Matta casado con Guadalina, que entraba a la Moneda de Oro y sin más corría con todos los gastos de quienes estuviesen sentados y fueran del sector de Puerto Guadal, en un entonces en donde casi todos nos conocíamos y cuando el que hacer ganadero sostenía económicamente la región.
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Coyhaique hoy lamentablemente ha perdido esa esencia de campo que solía tener en esos años y que la caracterizaba como una capital única y habrá que aceptar la modernidad de los nuevos tiempos como decimos en el campo, pero a pesar de todo y de todos y del caos que hoy se vive en la ciudad por el exceso de vehículos y del insidioso aire que se respira producto del indiscriminado uso de leña verde, aun Coyhaique conserva la magia encantadora de estar cerca de la ciudad de los Cesares y por estar emplazado en el medio de un valle encantado único y milagroso por su gran belleza, que nos debe hacer reflexionar sobre la grandeza de la gente de Aysén y de su gran porvenir si hacemos las cosas bien y de acuerdo con la forma aysenina del hacer, en una de las regiones más hermosas y más especiales de Chile, que nos obliga de una u otra manera a tener que replantearnos que queremos de la ciudad y de la región como un todo. Entendiendo que todo es mejorable bajo todo punto de vista, pero que si no la tratamos con cariño y con el respeto que se merece, nada vale, aunque Coyhaique este muy cerca de la Ciudad de los Cesares.