20 Julio 2018

NO ESPEREMOS QUE EL TIEMPO FRUSTRE NUESTRAS ILUSIONES

HUGO
Hugo Pérez White

Tenía 12 años apenas, cuando tuve en mis manos un violín y desde esa época iniciamos un romance que duró mucho tiempo y juntos pasamos adversidades y momentos gratos.

Al principio los sonidos que salían de sus cuerdas, más parecían maullidos de un gato que una grata melodía que se pudiese escuchar con agrado.

Quizás por eso nos hicimos tan amigos y desde entonces dediqué todo el tiempo libre que tenía después de cumplir mis labores escolares para mejorar dichos sonidos.

Tarea difícil para un instrumento también difícil, pero, seguí adelante y dejando de lado los momentos más preciados de la juventud como la diversión, salir de paseos con los amigos y una infinidad de actividades propias de la adolescencia.

Como alumno de la Escuela Normal de Valdivia, los días sábados, domingos y festivos que eran de libre disposición para visitar a parientes, amigos o a sus apoderados, prefería quedarme en el internado para ensayar aspectos técnicos del violín y así se fue apoderando la idea de llegar a ser algún día un concertista como aquellos que se escuchaba en las radios y que reunían a multitudes para gozar de las hermosas interpretaciones que salian de esas cuatro cuerdas y la ductibilidad de los dedos del concertista y que eran fundamentales para algunos directores de orquestas sinfónicas.

Paralelamente a mi función docente ingresé a la Universidad de Chile en la cual cursé dos años de violín y Apreciación Musical y fue en ese entonces cuando me di cuenta que mis ilusiones de ser concertista alguna vez, eran una utopía que no podía cumplirse y dentro de la angustia lógica de un proceso mental tan prolongado en el tiempo, esta ilusión llegó a su fin.

Cuántos niños existirán en nuestro país que tienen condiciones especiales que los hacen diferentes a otros compañeros de su misma generación y se pierden en el camino por falta de una orientación adecuada y oportuna.

Es responsabilidad del Estado preocuparse de estos futuros talentos ya sea en lo deportivo, lo científico, artístico y cultural en sus diversas manifestaciones y encauzarlo adecuadamente para sacar de ellos el máximo de sus potencialidades.

Estoy seguro que los hay y que nuestra niñez y juventud bien orientada, puede dar muchas satisfacciones a todos los chilenos y no estar siempre sujetos a los genios que aparecen en otros países.

No hay que perder de vista a estas potencialidades que aparecen de vez en cuando en nuestro medio para no darnos cuenta que ellos bien valen una buena inversión y no desaparezcan en el intento por rescatarlos después cuando ya es demasiado tarde.

Las autoridades tienen la palabra en este aspecto y las regiones también deben estar alertas en detectar a tiempo a estos niños superdotados que también merecen una orientación acorde a sus capacidades y fomentar en los barrios y ciudades actividades que permitan el máximo de participación en la realización de proyectos que impulsen la creatividad y el desarrollo de sus habilidades y entonces aparecerán las individualidades que merecen una orientación, apoyo y ayuda necesaria.